Hay personas que llegan desde muy lejos para recordarnos que nadie está tan lejos.

Entre las historias que me llevo de estos días está la de El Trotamundos. Vino desde Puerto Rico. Llegó con sus palabras, con sus manos, con su energía y con una voluntad enorme de servir.

No preguntó qué podía ganar. Preguntó qué podía hacer. Y eso, en medio de una tragedia, tiene un valor difícil de explicar. Porque cuando todo se rompe, aparecen también otras cosas, la solidaridad, la generosidad, la capacidad de abrazar a alguien que no conocíamos. Las ganas de compartir lo poco o lo mucho que tenemos.

Vi carreteras llenas de ayuda. Puntos de acopio llenos de alimentos, bebidas, ropa y personas. Vi gente que llegó desde otros lugares simplemente porque sabía que alguien necesitaba compañía. Y entonces pensé que las tragedias tienen una extraña manera de mostrarnos algo que deberíamos aprender sin necesidad de que la tierra tiemble: que pertenecemos los unos a los otros.

El Trotamundos me recordó que servir también es una forma de viajar. Que algunas distancias se vuelven pequeñas cuando alguien decide cruzarlas para ayudar. Y que un abrazo puede viajar más lejos que cualquier avión.

He pasado muchos años detrás de una cámara buscando historias. Esta vez encontré una historia que no necesitaba ser buscada. Estaba en las personas que llegaron, en las que dieron, en las que abrazaron, en las que escucharon, en las que se quedaron.

Y quizás esa sea una de las cosas más hermosas que deja una tragedia: el descubrimiento de que, cuando todo parece perdido, todavía somos capaces de encontrarnos.

Me despido de un abrazo gigante con El Trotamundos, un ser que me mostró que todos los días se dedica a hacer algo loco, se dedica a amar. Y que los rescates emocionales no los hace todo el mundo, pero si un loco como él.