Durante días sentí que debía estar allí, aunque no supiera qué podía hacer cuando llegara.
El terremoto todavía seguía ocurriendo en la memoria de la gente, pero las cámaras empezaban a irse, como pájaros asustados después de la tormenta. Ya no buscaban cuerpos. Buscaban sobrevivientes. Y los sobrevivientes buscaban entre las ruinas las cosas pequeñas que sostienen una vida: una fotografía, una taza, una camisa, el nombre de alguien.
Yo llegué cuando el polvo todavía flotaba en el aire y las paredes parecían guardar el temblor dentro de sus huesos. Llegué tarde para contar la tragedia, pero a tiempo para encontrar sus silencios. No sabía qué podía hacer un fotógrafo frente a una ciudad herida. No quería llegar con la cámara por delante, como quien llega a recoger pruebas de una desgracia.
Quería llegar como persona, mirar, escuchar, acompañar. Tal vez llorar. Llorar para no olvidar, llorar para acompañar, llorar para sentir que todavía estábamos vivos. En las carreteras encontré alimentos, ropa, agua y medicamentos viajando de mano en mano. La solidaridad avanzaba más rápido que las noticias. Pero en las calles quedaba algo que no cabía en ninguna fotografía: el instante en que una emergencia deja de ser noticia y empieza a convertirse en recuerdo.
Las casas seguían abiertas al cielo. Las pertenencias dormían bajo los escombros. Y algunas heridas, como ciertas flores nocturnas, apenas comenzaban a abrirse cuando ya no había cámaras alrededor.
Fue entonces cuando entendí que quizá no había llegado para fotografiar lo que había ocurrido. Había llegado para estar allí mientras la gente intentaba volver a levantarse.
Todavía no sabía qué buscaba. Pero entre aquellas paredes heridas, alguien estaba a punto de enseñarme que a veces uno llega creyendo que va a dar un abrazo y termina descubriendo que era el abrazo lo que venía a buscar.