Siempre quise ser músico. Durante algunos años lo fui, y encontré en las cuerdas de un bajo una forma de decir aquello que las palabras no alcanzaban a nombrar. Cada nota llevaba consigo una emoción, una búsqueda, una manera de habitar el mundo.
Pero los caminos cambian. Tenía apenas 15 años cuando salí de casa persiguiendo el sueño de vivir de la música. Con el tiempo regresé a Cartagena para estudiar y, sin imaginarlo, encontré otro instrumento para contar la vida: una cámara.
Ya no eran sonidos los que intentaba atrapar, sino instantes. Ya no eran melodías las que construían una historia, sino la luz, las sombras y los pequeños gestos que aparecen y desaparecen en un segundo.
Desde entonces entendí que una fotografía también puede ser una canción. Una que no se escucha con los oídos, sino con la memoria.
Las imágenes que hoy comparto fueron hechas en rollo, como aprendí a fotografiar, cuando cada disparo tenía el peso de una decisión y la paciencia era parte del proceso. No había pantallas que confirmaran el resultado; solo la intuición, la espera y la emoción de descubrir, días después, aquello que la luz había decidido guardar.
Te dejo algunos de esos momentos: fragmentos de tiempo, pequeñas melodías visuales que siguen resonando muchos años después: